Las mejores personas son las que no saben que lo son


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Cuando hablo de “mejores personas” no me refiero a “especies” exclusivas, únicas. Simplemente, a personas que han aprendido a desarrollar la capacidad de afrontar todo tipo de situaciones, que tienen eso que le llamamos ACTITUD, y de alguna forma trabajan en fortalecerla y convertirla en una actitud positiva. Eso es lo que principalmente las hace ser tan especiales.

De hecho, ellas no son perfectas, también se equivocan y cometen errores, pero tienen el valor de levantar la cabeza y mirarte a los ojos, y decir “lo siento”, buscan su espacio para recuperarse y de ese modo, hacer todo lo posible para todo sea mejor que antes, aunque saben que es difícil, aún así lo intentan.A pesar de saber que pueden encontrarse con un portazo en la cara.

Sienten miedo, se enfadan, se entristecen, lloran, maldicen, muerden el polvo, pero la diferencia, es su capacidad de “amanecer”. Saben perdonar, decir adiós a los malos recuerdos, seguir hacia delante, sonreír, empatizar, dar… y sobre todo tender una mano, descubriendo así la grandeza de su ser. Y es que sin ninguna duda, la valentía para levantarse del suelo tras una caída en el camino, confiere una belleza especial que eclipsa lo superficial, lo trivial y esas pequeñeces que tan importantes en muchas ocasiones nos parecen, y hacen que nos quejemos constantemente. Las mejores personas impiden que el sufrimiento les quite de forma prematura la vida y no quieren hacer de lo ocurrido su pesar.

Aprenden a ser conscientes de que si les sobreviene un problema, existe una gran infinidad de maneras de afrontarlo. Y son extraordinarias! porque hubo un día que perdieron algo importante que les otorgó la vida, tocaron fondo, perdieron la sonrisa, la alegría e incluso se plantearon el abandonar y se cuestionaron “para qué seguir”, pero miraron en su interior y supieron encontrar un motivo, aprendieron a ver sus heridas con valor, tomaron el poco aliento que les quedaba y sacaron las mínimas fuerzas que tenían (un impulso); supieron reponerse, levantarse y seguir caminando.

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Aprendieron a ver sus heridas con valor. ¡Resurgieron! Porque la vida, a veces suele ser parecernos dura, pero las mejores personas saben también nos sorprende y nos regala sueños que no quedan en el fondo de un cajón, que cada mañana, al abrir los ojos tenemos la oportunidad de convertirlos en realidad. Las mejores personas son capaces de sacar la mejor parte de nosotros, nos ayudan a levantarnos cuando caemos, y nos perdonan. Ellas nos empujan a superar nuestros límites para llegar a dónde no hubiéramos esperado nunca, de hacernos creer que el juego no ha terminado todavía. Nos sacuden, nos enseñan a dónde ir, pero sobre todo nos demuestran que suceda lo que suceda, están ahí para nosotros, sin importar si llueve o hay sol, si hemos vencido o hemos perdido, si hemos conquistado el mundo o si nadie más se da cuenta de nuestra existencia.

Pienso que las mejores personas, aquellas que verdaderamente merecen la pena, son aquéllas que desgraciadamente se pierden detrás de amores imposibles, que se apasionan por alguien que no las amará nunca. Y si alguien llega a sus vidas, no creen tan fácilmente en el primer “Te amo” porque saben que el amor no es para todos, saben que no todos saben y están dispuestos a amar de verdad. Ellas no se dejan impresionar por los cumplidos, por sexo, o por grandes detalles, porque saben que las grandes cosas todos las recuerdan, en cambio son los pequeños detalles los que para ellas cuentan.

Las mejores personas se enamoran por motivos absurdos, porque al contarlos, sonríen. Creo que las mejores personas sufren mucho para ser lo que son y no perder su esencia.

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Las mejores personas son difíciles de explicar, porque realmente son gente común, son los que encuentras por la calle y te saludan con una sonrisa, te miran a los ojos y no bajan la mirada. Probablemente son las que te secuestran el corazón y lo llevan cerca de ellas sin que tú tampoco te des cuenta. Las mejores personas son las que no saben que lo son, y es precisamente por ésta razón. Todos hemos padecido y tenemos contratiempos. La clave está en aprender de ellos, madurar, y afrontar.

Las mejores personas no son las que regresan. Las mejores personas no parten nunca.

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