Lo que aprendí de la tristeza


¿Por qué rechazamos tanto a la tristeza? Nadie quiere sentirse triste. Se ha puesto tanto énfasis en la búsqueda de la felicidad y en el pensamiento positivo, que corremos el riesgo de olvidar que, para ser personas plenas, es importante ser capaces de sentir plenamente; necesitamos aprender a sobrellevar los momentos difíciles, incluyendo la tristeza,

Tal como lo manifiesta Daniel Goleman en “La inteligencia Emocional”: Todas las emociones cumplen su función en esta vida. “La tristeza nos sumergirá en un refugio para la reflexión; nos envolverá en un estado de recogimiento con la finalidad de permitirnos elaborar la pérdida o fracaso y realizar los ajustes necesarios para el cambio que pueda suponer”.

Mi Querida Tristeza

De ti he aprendido que sentirme triste no es malo; es inevitable. Es necesario. En la vida hay momentos maravillosos y momentos terribles; tú has aparecido con los segundos.

Perdí a personas, dejé atrás etapas, abandoné sueños. Me has acompañado cuando tuve que despedirme de todo aquello que se fue de mi vida. Por ello, te doy las gracias. Tú me retuviste mientras no podía hacer otra cosa más que llorar y, cuando estuve preparado, dejaste que siguiera mi camino. Aprendí que las cosas llevan su tiempo; aprendí a ir más despacio, más tranquilo, más reflexivo.

En cada momento de dolor, luché para salir adelante. Y así supe que la tristeza no implica debilidad; cuánto daño ha hecho la expresión “llorar es de débiles”; al contrario, las personas más débiles son aquellas que no son capaces de afrontar sus sentimientos. Hay que ser muy fuerte para mirar a nuestro dolor a los ojos y dejar que fluya. Hay que ser muy fuerte para superar la tristeza y recuperar la alegría. Eso sí que es de personas fuertes.

Aprendí que eres un sentimiento intransferible; que el camino que se recorre junto a ti, nadie podía recorrerlo por mí. Nadie. Pero también aprendí que el dolor compartido, duele menos; que aunque hay caminos que debes recorrer tú mismo, hay gente te quiere y que está dispuesta a acompañarte. Qué compartir alegrías es la sal de la vida, pero que compartir las penas llena el alma.

Es en los momentos de tristeza cuando aprendes a distinguir las relaciones auténticas de las superficiales. En lo bueno está todo el mundo, pero en lo malo, sólo unos pocos se quedan. Y un día supe que debías irte, tristeza. Aunque agradezco tu ayuda, sé que no quiero convivir siempre contigo . No quiero una vida llena de tristezas y pesares, sino todo lo contrario.

Aprendí que si permaneces durante demasiado tiempo con la tristeza, corres el riesgo de acostumbrarte a ella. Sé que debes ser una visita breve y que debo invitarte a retirarte antes de que te sientas demasiado cómoda.

Y lo más importante, aprendí que ser feliz también significa aprender a sentir…

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